domingo, 15 de agosto de 2010

Día del trabajo, día sin trabajo.

Cuaderno de viaje, Budapest 2008.
[1 de mayo]

Pues ya llevamos cuatro días por estas tierras, aunque va a ser el primero en plan guiri total. Es también el primero de cuatro días de fiesta y, francamente, creo que esta ciudad no es lo suficientemente grande para estar cuatro semanas aquí perdido. Espero que el lunes retomemos la actividad del HOPE con más ritmo porque hasta ahora lo único que tenemos con fundamento es una charla de dos horas con un informático del hospital Helm Pal Children’s.

Volviendo a hoy y, a lo que turismo se refiere, creo que me voy a hartar de andar. Guía en mano hoy he decidido visitar la ISLA MARGARITA, cosa que en 2004 no nos dio tiempo a hacer y, rara vez te da la vida segundas oportunidades como ésta.

Primera reflexión del día. Es extraño cómo cuando estás lejos de tu casa todo lo que te rodea se empeña en recordarte lo que has dejado allí. Es curioso cómo todos los niños que veo tienen algo que me recuerda a Sergio, ya sean rubios, morenos, altos o bajos, todos me traen a la memoria a mi chiquillo, incluso ayer, cuando tuvimos la oportunidad de vivir en directo todo el episodio de una atención sanitaria en urgencias.

Así que aquí estoy, a orillas del Danubio, con la imagen del Parlamento de fondo, escribiendo sobre mis cosas y, por qué no, también poniéndome un poquito más moreno… no va a ser todo trabajo, verdad? Aunque no sé si me conviene coger más color de piel porque ya me han preguntado en un par de ocasiones (y llevo cuatro días aquí) si soy turco, miedo me da.

13:30. Por fin me siento a comer, llevo desde las 10:30 que he salido del apartamento prácticamente sin parar de andar, y al margen de estar ya exhausto, tampoco lo puede demorar mucho porque aquí tienen unos horarios de comida distintos a los nuestros. Para que os hagáis una idea, la cafetería del hospital a la que podemos ir a comer todos los días, tiene un horario de comidas de 12 a 14 horas, pero bueno, lo malo que si comes pronto, luego tienes que cenar pronto. Y luego la noche se hace todavía más larga…

Me he sentado en una terraza, la primera que he visto más o menos decente y he pedido una cerveza (la verdad es que todos los días, haga la que haga como mínimo una cerveza nos echamos al cuerpo) y la carta del menú. Aquí es cuando casi me muero. No entendía ni una sola palabra de todo la carta, y os juro que había muchas páginas, me he parado en una de las hojas que parecían contener platos combinados, o al menos eso he deducido yo, por los nombres tan largos que tenían y me he atrevido a pedir, sin tener ni idea de lo que podía contener, el más caro, unos 1260 HUF (5 euros al cambio), con el propósito de que al tener tantas cosas, al menos alguna me tendría que gustar.

Menos mal que lo que me sobra aquí es tiempo, porque eso es lo que se ha tomado el camarero en servirme la comida, tiempo, mucho tiempo… En fin, que con la gorra del HOPE en mi mente, he esperado pacientemente a ver qué coño había pedido. Finalmente ha llegado y todas mis esperanzas se han visto cumplidas, se trataba de un plato combinado, sí, y sorprendentemente con cosas normales y corrientes que te puedes encontrar en un plato combinado de España… no, patatas fritas no. Y he aprendido una lección, baconbo es bacon, sí, ha sido escrito parece muy obvio, pero ya me diréis cuando os encontréis ante una carta de comidas en las que no entiendes nada. Así que podemos decir que primera prueba superada, ya está bien de recurrir siempre al McDonalds cada vez que salimos a un país extranjero sólo por el miedo de no saber qué pedir.

Reposada un poco mi comida he continuado viaje, rumbo al centro, y a la parada de metro que me devolvería a casa, después de recorrer a pie otro de los muchos puentes que cruzan el Danubio. Y primera sorpresa del día: me he encontrado en pleno puente, mirando las mismas vistas que yo, a un lado el Parlamento, al otro, otra serie de edificios históricos, al mismísimo Pedro Piqueras. La verdad es que vestido de sport y con gafas de sol, lo primero que me ha llamado la atención de él es que se parecía a Chucky, sí, siento recurrir al tópico, pero aún en la realidad, Pedro Piqueras se parece al muñeco diabólico, y justo cuando lo estaba mirando ha hablado con parte de su familia, supongo, que tenía a mi alrededor, y no sólo hablaba en español (pista bastante importante) sino que era la voz de Pedro Piqueras.

No le he dicho nada, siempre he pensado que es una falta de respeto interrumpir a alguien sus días de vacaciones, por muy famoso que seas, y supongo que cuando se van a Budapest, lo último que esperan es que les toquen las narices. Así que he seguido mi camino, pero con la extraña sensación de haber reconocido un famoso español en pleno bullicio turístico de Budapest.

En fin, que ese camino me ha devuelto al apartamento, son las 17:30 y no tengo nada más que hacer en todo el día. La verdad, mis piernas no dan para más, y mañana me espera otra buena caminata porque me gustaría ver el barrio del castillo y la ciudadela del Monte Gellert (o Gerardo para los amigos), así que aprovecharé lo que queda de tarde para leer, escribir y escuchar música, todo esto sin salir de mi habitación. Bueno, me voy a permitir el lujo de ir a cenar al McDonalds, aunque sólo sea para que me dé el aire. Lo del lujo lo digo por recurrir a lo fácil, no por el dinero.

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